
Uno de los momentos que más añoro de cuando mis niños eran bebés era el de darles el pecho. Cuando los colocas bien acurrucaditos en tu regazo y los acercas a tu pecho para alimentarlos, mientras ellos te tocan la cara casi sin querer con sus manitas suaves y pequeñitas, te sientes la mujer más orgullosa de todo el mundo. Notas su calor y sabes que ellos se tranquilizan sintiendo el tuyo; te miran y tu los miras esperando que entiendas cuánto los quieres; se duermen cuando ya han comido suficiente y tu te sientes feliz por estar tan cerca de ellos y protegerlos mientras son tan indefensos… Además, sabes que estás ofreciéndole el mejor de los alimentos, el que los nutrirá y ayudará a reforzar sus defensas para que crezcan saludables.
Ahora me doy cuenta de la suerte que tuve al disfrutar de esos momentos con mis hijos. No todas las madres que he conocido han podido dar de mamar a sus hijos tal y como les hubiera gustado: a veces por no llegar a producir leche suficiente; otras veces por no tener los pezones en óptimas condiciones; otras tantas porque la leche materna, por el motivo que fuera, dejó de fluir; o simplemente porque la exigencia de volver al trabajo las obligó a destetar a su bebé mucho antes de lo que les hubiera gustado.
En fin, que se me nota mucho que soy una defensora a ultranza de la lactancia materna. Eso si, entiendo que hay situaciones en las que no queda más remedio que aceptar que no puede ser y buscar la mejor alternativa posible. Sea como sea, no hay que descuidar nunca la primera fase de la alimentación del bebé para que crezca fuerte, sano y feliz.






